Los materiales dispuestos en la mesa presagian nuestra intervención. El ritual de las manos comienza cada vez y es, sin embargo, siempre distinto. La aparente crudeza de los elementos cobra vida en el intercambio. El impulso de apropiarnos del papel no se demora; hay una materialidad dispersa que aguarda una definición creadora. La técnica emerge como un arte que dibuja trazos, luego formas, finalmente objetos. En la encuadernación el proceso nos absorbe; sólo allí somos cuerpo, mente y espíritu, el todo y las partes: lo mínimo, lo casi imperceptible, que actúa transformando.